Los ecos de los pájaros y demás animales ensordecían todo en esta serranía. Mi guía ninguna palabra pronunciaba y muy calladamente me señalaba los lugares en donde pisar en esta estrepitosa selva. Quizás era la fuerza de la costumbre la que hacía que él desdeñase los necesarios tapones en los oídos que yo veía más que imprescindibles. Llegamos a un claro donde los sonidos de todos los animales se apaciguaban.
-Es ahi dónde está lo que usted busca- dijo en un español rudimentario.
-Muchas gracias, pero necesito que usted sea mi traductor- dije en un quechua incipiente-
-No será esto necesario, él sabe su lengua- se dio la vuelta perdiéndose rápidamente entre la oscura selva-.
El claro tenía al final una casita pequeña, extremadamente humilde, cubierta de hojas de palma de cera. Al aproximarme vi un anciano de unos 70 años que salía de la casita y llevaba en su mano unos tubos largos de caña, tenía cicatrices en su brazo derecho y una miraba noble y profunda dominaba su rostro.
Entonces lo observé fijamente a los ojos y dije: “Sixto, su anterior mirada se transmutó en una sonrisa”. “Buenas tardes” dijo con una voz vieja y muy gruesa. De principio pude ver como su español no era tan bueno, aunque algo lento era entendible.
- Buenas tardes señor Sixto, vengo desde muy lejos porque me han dicho que usted tiene el poder de curar cualquier mal. Señor necesito todos sus poderes, sus cantos y sus rezos pues tengo lo que los citadinos llamamos cáncer-.
Se acerco a uno de los pilares de su casa, se recostó en él, meditó unos instantes. Miró la selva profunda como si sus ojos todo lo pudieran ver. Luego miró a su derecha un cultivo de yuca, tomo sus tubos de caña y los puso en el suelo y mirándome escudriñando mi alma y mis ojos me dijo: “señor lo curaré pero esto se tardará una semana. Usted ha llegado en un momento extraño para los espíritus, no sé por qué ha decidido llegar en este momento pero quizás los espíritus desean que así sea…”-. Hizo una pausa, tomó un poco de aire y continuó la idea-”señor hace como unos ocho meses un hombre de raza blanca me visitó con la idea de saber acerca de mi cultura y mis cantos, decía que venía de algún ministerio, mas yo no le presté atención; solo conté mi historia…bueno pero eso no viene al caso, dígame cual es su nombre”-. -“Mi nombre es Jorge, señor Sixto. Estaré a toda su disposición y lo que usted me diga será hecho”-.
Sixto era una leyenda entre los que pacientes terminales de la ciudad, todos conocían de sobra sus poderes curativos, pero era más que lógico que nadie se atrevería a llegar hasta semejante serranía pues no solo era el teatro de operaciones más importante de esta antigua guerra sino también era un reducto de dos antiguas guerrillas, un grupo paramilitar y un cartel de narcos. Quizás por eso era yo quien tenía que llegar. Antropólogos amigos me enseñaron un poco de quechua pero me aliviaba saber que no tendría que usar dicho dialecto.
Esa noche me acomodé en una cama humilde, hecha con tubos de caña y bastante cómoda. La morada de Sixto temblaba con la lluvia nocturna que asolaba la serranía como si la madre tierra me hiciera un recibimiento digno de un citadino. Dormí como no había dormido en mucho tiempo. Esa noche el demonio del cáncer no me susurro al oído, ya no me sentí mal por la quimioterapia y me di cuenta de que esta era mi última posibilidad, mi última opción para no irme de esta tierra; este es mi mayor reto, ni siquiera cuando fui a París como inmigrante ilegal me sentí tan desafiado, esta serranía y el olor a lluvia me recuerda que el triunfo sobre la muerte es posible para la vida, es posible para mí.
Los canticos paganos de Sixto me despertaron, eran cantos en un quechua que nunca le escuché hablar a mis amigos antropólogos; aunque ellos me habían mencionado de esta lengua antes, el tinigua. Me decían que Sixto era el último tinigua, el último de una raza de ancestros sabios y poderosos que poseían toda la serranía y que gobernaban con justicia antes de la llegada de los españoles, y que incluso hoy en día se les respeta y aprecia. Entonces a mi mente vino la inevitable verdad: Sixto es el último, es el último de su raza por eso no me pareció nada extraño el tono triste con el que Sixto cantaba, un tono melancólico y humilde. Repetía muchas palabras y versos fugaces como el viento y con la constancia del sonido pude escuchar una frase que decía “ki pa nibe tinigua”, una frase que nunca olvidare.
Ese día nos dirigimos a una montaña que coronaba todo el paisaje de la serranía, era gigantesca y se alzaba como una pirámide de color verde vivo sobre toda la selva. El camino estaba lleno de fango y era muy difícil para mí sortear estos obstáculos aunque Sixto, siendo veinte años mayor que yo, tenía esa capacidad de saber dónde estaba cada roca, cada obstáculo como si tuviera un mapa del sendero en su mente, un mapa mental curtido por la selva y la violencia. Llegamos al atardecer. Sixto cortó algunas plantas, desconocidas para mí, luego algunas ramas y unos troncos. Me dijo que pasaríamos la noche ahí y que me haría una infusión muy especial, que la serranía tenía que recibirme para que luego Sixto pudiera hacer todo su tratamiento.
Los cantos de su voz escudriñaron cada lugar, cada milímetro de la serranía, la montaña temblaba con los versos que Sixto cantaba a viva voz, luego las llamas de la fogata danzaron al ritmo de su canto, cada melodía, cada verso se entremezclaba como una sublime melodía. Cantó unos minutos más y luego se detuvo. Tomó la infusión en sus manos y la sirvió en dos copitas de madera, luego me hizo la seña de que debía ingerirla y así lo hice.
“Ki pa nibe tinigua” recitaba con una emoción que nunca había vivido mi alma: el júbilo de sus cantos y cómo estos con una poderosa sutileza llenaban cada rincón de la serranía. Por momentos los pájaros recitaban los mismos cantos ancestrales extraídos de las entrañas de la tierra misma, la melancolía dominó mi alma y yo repetí con él cada verso como si lo supiera aunque sólo lo repetía porque lo reconocía, en nuestra memoria primitiva se encuentran ciertas palabras que han de usarse solo en el vientre materno pero que si abrimos nuestra alma podremos recordar. Esta lengua que es más sublime que la lengua de los ángeles o las mariposas, es la onírica lengua de la tierra. Sixto se acercó a mí, me tomó de la mano y suavemente cerro mis ojos.
Los faros de mi alma se abrieron una tarde lluviosa y selvática, estaba de nuevo en la selva más esta vez yo no tenía la misma coloración en mi piel, al contrario era del color de piel de Sixto. Tenía las mismas ropas que él usaba mas era yo un joven de unos 18 años, lo cual me sorprendió. Caminé algunas horas en la selva hasta que me topé con una joven embarazada que llevaba un bebé en brazos. Ella me habló en la lengua de Sixto, la cual en estas circunstancias me era familiar. “¿Dónde estamos?” le pregunté a esa enigmática mujer y ella me respondió: “esta es la serranía de La Macarena”. Sorprendido pregunte por la aldea o las malocas, ella me sonrió y me dijo: “está bien, lo llevaré hacia allá, mi hijito es aún muy pequeño para jugar solo por la selva, es por eso es que lo acompaño mas usted no es de por aquí así que no importa, el mamo sabrá bien qué hacer con usted o ubicarlo en otro sitio”. Asentí con mi cabeza.
Las hojas de aquella construcción casi que tocaban el cielo. Como si fuera un árbol, tenía un aspecto muy fuerte y estático y en sus bases se podían distinguir los miles de tipos de plantas que le adornaban de colores vivos y muy apaciguadores. Una pequeña puertecita sobresalía de la estructura, puertecita por la cual salió un hombre fornido y muy alto que llevaba una especie de cetro en su mano derecha mas no era uno común, pues poseía plumas y algunas inscripciones en ella madera. Me advirtió que debía quedarme con ellos esa noche si quería vivir debido al hecho de que grupos armados habían estado merodeando en los últimos días y por lo tanto la zona no era segura. Le propuse una mudanza de lugar, a un sitio más seguro; me miró y con voz estridente dijo: “eso nunca, abandonar la tierra que es de mi padre y que fue de su padre desde que pacha mama le otorgo el permiso de nacer aquí… ¡eso nunca!”.
Esta vez los ecos mudos de la selva apaciguaron cada rincón. Yo podía escuchar el mortal silencio de la selva: no cantaban ni grillos, ni mosquitos, no había ningún ruido que pudiera llegar a escucharse, era la sinfonía silenciosa de la muerte la que asolaba la serranía.
Fue a la media noche cuando me despertaron los disparos de ametralladora, el jefe mamo estaba de pie frente a ellos y los miraba con discreción. Los otros le hablaban en español claro y conciso, querían que toda la tribu se fuera de esa tierra, bajo lo cual cada centímetro que ellos pisaban era ya propiedad de su comandante y que si querían salvar sus vidas debían irse ya. El jefe mamo se puso rígido como la palma de cera y les dijo en un español más claro que el que ellos pronunciaban: “Tendrán que irse ustedes, nosotros nacimos aquí, crecimos aquí. Esta tierra no es nuestra, somos nosotros los que a ella pertenecemos”. Un disparo omnipotente asoló la serranía y el corazón del mamo. Un disparo que no sirvió para ahuyentar la dignidad del resto de los tinigua, ya que algunos se lanzaron como aves de presa sobre los asesinos y bajo una pelea con clara desventaja numérica los asesinos se alejaron dejando para los indígenas 3 cuerpos de sus compañeros caídos. Mis ojos vieron un cuadro que los periódicos nunca informan. Un cuadro que no se puede transmitir por radio ya que es completamente alejado de nuestra concepción. Un cuadro que se presenta en cada lugar de esta tierra de lamentos: el entierro de un líder. De nuevo los cantos de la naturaleza humana se levantaban sobre lo que antes significaba una tierra pacífica y maravillosa. El destino de los tinigua pareció cada vez más oscuro, la desolación llegó a sus almas y mucho más a sus cuerpos aquella oscura tarde, cuando el sol no se puso nunca más para ellos.
Esa tarde estaba en la maloca central con esa enigmática mujer que me recibió aquella noche. Su abdomen estaba mucho más grande y a mi parecer ese mismo día nacería su hijo. Una ráfaga de disparos atravesó el muro de madera del recinto. Ella y yo nos arrojamos al suelo, su hijo mayor también lo hizo y se aferró a mí. De inmediato algunos hombres de la guardia se dispusieron a la defensa de la gente, mas una segunda e intermitente ráfaga azoló aun más la maloca. Las mujeres fallecieron al instante, ella y yo nos quedamos en un silencio que va más allá del dolor. Pasaron algunos minutos y las ráfagas se detuvieron. Unas voces rapaces y mortíferas como sus armas le gritaron a los supervivientes: “el Bloque Centauros los saluda. El comandante Arcángel vino hasta aquí para hacer cumplir sus órdenes”. Luego otra voz temeraria gritó: “los sobrevivientes pónganse de pie”. Aquella mujer tomó a su hijo mayor en sus brazos, lo besó llorando y le dijo que se marchase, que corrieran en el momento en que ella se pusiera de pie, luego con una voz, mágica y sublime, más hermosa que los cantos de los ángeles y que la misma voz de Dios dijo “ki pa nibe tinigua”. El niño llorando en silencio se alejó fugazmente. Yo me puse de pie después de ella y me paré frente a la madre. Mire unos segundos hacia atrás y vi como su niño se perdía en las profundidades de la selva.
Mis ojos nunca antes habían visto semejante carnicería. Nunca antes había observado tan dantesco cuadro. Los cuerpos ensangrentados de los tinigua devoraban cada metro del claro, la sangre se había esparcido de tal suerte que parecía un charco gigantesco que se matizaba con los cuerpos y huesos triturados por las balas, cabezas desmembradas, en cuerpos mutilados, rostros ensangrentados, de nuevo la esperanza asesinada. Me di cuenta de que ella, la criatura que llevaba en el vientre y yo éramos los únicos que estábamos de pie. La masacre pedía más sangre y sé que el destino también. El Arcángel se puso frente a mí, me miró con esa mirada que solo poseen los asesinos, esa mirada vacía que permite vislumbrar un pasado de dolor y una existencia de rencor y venganza. Entonces me dijo: “usted es el próximo”. Sus hombres también se acercaron a mí y con las culatas de sus fusiles me golpearon; mientras esa enigmática mujer intentaba salvarme, con desidia los monstruos la despojaron de sus ropas y le hicieron el peor daño que un hombre puede hacerle a una mujer. Había llanto en mis ojos y sangre en mis manos. Por segundos vi el rostro del diablo complacido por semejante cuadro. Lo único que podía escuchar eran varias moto sierras. Ya no sentía mi cuerpo, solo veía y lloraba mientras mis lágrimas lavaban mis manos ensangrentadas. Dé pronto aquel demonio soltó una sonrisa al ver como los hombres extrajeron de su vientre una incipiente criatura. Los sonidos de la moto cierra se detuvieron como extasiados por esa nueva aparición: era un bebé cubierto de sangre al igual que yo. Sus llantos se escucharon por todo el lugar; su madre diseccionada lloraba mudamente al ver a su bebé. Arcángel se acercó a la criatura y dijo: “a este hay que llevárselo”; y el diablo dijo: “a este hay que convertirlo en uno de nosotros”. Arcángel asistió con una mórbida sonrisa, llamó al resto de sus hombres y les dijo: “bueno señores, terminen de cortarlos a todos”. De nuevo el furibundo sonido de las moto sierras dominó la serranía. Hasta este punto puedo decir que mi memoria también quedo cegada por este sonido, mi memoria y mi cuerpo.
Desperté acostado en aquella cima de esa antigua montaña, Sixto ya no estaba conmigo. Camine por horas entre esa selva densificada y húmeda, y con dificultad logré llegar hasta la casa de Sixto. “Fue una visión memorable lo que yo observaba, nada más…” me dije a mí mismo para tranquilizarme en el camino mientras recordaba lo que había sucedido la anterior noche desde que Sixto me dejó en la selva. Cuando entré a su morada lo vi en su cama, estaba cubierto por una delgada cobija temblando de frío. Al verlo así le dije: “¿qué tiene usted señor Sixto?”. Él me dijo: “señor Jorge, vallase. Usted ya está curado, ya no debe temerle a sus demonios, déjeme aquí que es mi destino”. -¡NO puedo señor! creo que hay algo que vi esa noche en la montaña. ¿Usted es el último tinigua, cierto?-. -Así es, soy yo. Yo era ese niño que usted vio, ese niño cobarde y con miedo; este viejo que usted ve aquí no es más que un reflejo de lo que era ese niño. Soy el último que sabe esta historia, nadie más sabe de esto, los espíritus querían que usted la supiera. Sus demonios están ya en otra eternidad, usted puede irse ya-. -Señor Sixto mis demonios se fueron, pero los suyos aún viven en su pecho. Iré al pueblo y le traeré un médico, estoy en deuda con usted, le debo más que mi vida-. -Nunca entendí por qué el hombre blanco ve las cosas tan fáciles…está bien, le pediré algo…por favor ayúdeme a ponerme de pie-.
Levante a Sixto con mis brazos. Caminamos por horas, siguiendo el camino que él me señalaba, hasta llegar a un abismo enorme y profundo. Ya casi se iba a hacer de noche y el señor Sixto podría enfermarse más.
- Déjeme aquí. Este es mi lugar- dijo el señor Sixto ya sin miedo en sus ojos. -Esta es mi última voluntad y es también mi destino, los espíritus me lo revelaron cuando era niño. Ellos me salvaron de los paramilitares, me mantuvieron con vida hasta este momento en el que me permitieran partir para reunirme con el resto de mi familia. Señor Jorge, hasta aquí llega usted-
Del abismo salió una luz tan poderosa como la luz del cielo, tan colorida como las luces de la aurora boreal y más prístina que toda la belleza vista por los ojos del hombre. Sixto se aproximó hacia la punta del abismo, se dio la vuelta y me dijo: “nos veremos en Zaitania”. Luego me miró como si recordase cada segundo de su vida. Ya no le tenía miedo a sus demonios, Pacha Mama estaba con él. Su mirada tranquila y pacífica se veía triunfante sobre el abismo. Entonces caminó un poco más y finalmente se arrojó. Cayó como caen los ángeles, sin producir ningún sonido, sin gloria alguna pero con la belleza de la inmortalidad a cuestas. Sixto caía en el deslúmbrate abismo mientras mi mente recordaba las eternas palabras “ki pa nibe tinigua”, yo soy el último tinigua.
miércoles, 27 de mayo de 2009
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